viernes, 27 de marzo de 2015

Cómo gestionar el uso del móvil para que nuestros hijos no sean abducidos por la pantalla






Hace no muchos años, cuando los primeros móviles empezaron a venderse y era raro ver a alguien con un móvil en la mano, hablando por teléfono, corría un chiste que decía "¿En qué se parece un preservativo a un móvil? En que los dos dan cobertura a un capullo". Lo contábamos, y nos hacía gracia, porque ver a alguien hablar por la calle con un teléfono nos parecía ridículo. Este tiempo pasó (ahora lo ridículo y de chiste es hacerte fotos con un palo, pero tranquilos, pasará y será de lo más normal) y ahora parece que el raro y ridículo es el que no tiene teléfono móvil.

Está tan normalizado, es tan habitual, que es perfectamente normal ver a la gente caminar cabizbajo, mirando a la pantalla de su móvil y es perfectamente normal ver a niños, también cabizbajos, enganchados al móvil de sus padres, hasta el punto que uno ya no se sabe si el móvil es del padre o del niño. Pasan tanto tiempo delante que uno empieza a pensar que pronto se verá abducido por la pantalla. Pasan tanto tiempo delante que estamos criando niños que están rehusando el salir a la calle a jugar. Pasan tanto tiempo que tenemos que hacer algo para que no pasen tanto tiempo. Por eso hoy os explicamos cómo gestionar el uso del móvil para lograr que nuestros hijos sean niños normales y no espectros andantes, como lo somos ya muchos adultos (que pisas una mierda y no te das cuenta hasta que llegas a casa y te llega ese maldito olor).
Armando, la tecnología está ahí, tío, es inevitable

¿Podemos evitar que usen las pantallas? No. No podemos. Nosotros hemos crecido con ellas, también, con la televisión, con el vídeo. Si hasta se criticaban, en nuestra infancia, los libros, porque había niños que no despegaban la nariz de las páginas. Hemos crecido y a todo ello se han sumado los ordenadores, los móviles y las tablets. Forman parte ya de nuestra vida y forman parte ya, y formarán, de la vida de nuestros hijos, conformando una nueva manera de ocio e incluso una nueva manera de comunicarnos.

Ahora bien, que haya una nueva manera de hacer muchas cosas no quiere decir que deba ser la única manera, y eso es lo que muchos padres y muchos niños parece que no tienen muy claro. Las pantallas no son negativas per se, pero si se abusa de ellas, si los niños abusan de ellas, sucederá lo que los expertos ya están avisando y que es de tanta lógica que cae por su propio peso: los niños crecerán con incapacidades sociales y emocionales. Súmale el sedentarismo, súmale el no hablar cara a cara con las personas, súmale el no hacer uso del papel, de los lápices y bolígrafos, de otros juegos de manipulación, del juego libre, del correr, del saltar y un gran etc., y el problema será gordo. Muy gordo. Ya, me he ido al extremo. La situación actual no es para tanto, pero cuidado, estamos en el camino.

Estamos en el camino porque, como digo al principio de la entrada, empieza a ser habitual ver a los niños cabizbajos, con la mirada pegada a la pantalla del móvil o la tablet, sin interaccionar ni con el padre, ni con la madre, ni con la gente de alrededor.
Cómo controlar o gestionar el uso del móvil por parte de nuestros hijos



Si queremos prevenir que lo que comento suceda. Si queremos evitar que acaben drogados de ocio enlatado, si queremos que la comunicación entre nuestros hijos y nosotros vaya más allá del "papá, déjame el móvil" y el "no te pases, que me lo dejas sin batería", hay que hacer algo. Algo para prevenirlo y, si ya tenemos el problema ante nosotros, algo para solucionarlo. ¿Qué hacer al respecto? Vamos a verlo a continuación:
Utilizar Apps de control parental: lo primero, ya que van a coger nuestro móvil o una tablet, es tener la tranquilidad de que no van a ver algo que no queremos que vean. Para ello es útil tener instalada alguna aplicación de control parental que les permita hacer uso solo de lo que queremos que toquen.

El sistema de Apple, iOS, cuenta con la posibilidad de hacer restricciones en la configuración de sus terminales, evitando que puedan abrir Safari, YouTube, etc., y que puedan instalar o desinstalar programas, entre otras cosas. A estas opciones podemos añadir alguna aplicación, como ParentKit, donde se puede crear un perfil para cada niño, con las aplicaciones que puede abrir e incluso la posibilidad de agregar un horario (puedes jugar desde esta hora hasta esta otra). La pega es has de pagar una cuota anual de 39'99€. Tenemos también Qustodio, un navegador web gratuito que quita la posibilidad de usar Safari y que permite navegar de manera segura a los niños.

En caso de poseer Android, tenemos Kids Place, que crea en el móvil un ecosistema solo para niños. Algo así como si les diéramos un móvil infantil, al prestarles el nuestro. Ahí tienen sus aplicaciones y todo lo que pueden tocar, pero no lo que no queremos que toquen. También existeQustodio, que curiosamente tiene muchas puntuaciones negativas de los hijos, fruto del enfado de verse limitados en la navegación.
¿Poner un tiempo determinado?: otra opción, si no hay aplicación que lo controle, es marcar un tiempo determinado para el móvil, en plan tienes media hora y cuando sean las ocho en punto se acabó. Puede funcionar con algunos niños, pero suele ser un fracaso. Suele serlo porque los padres tenemos momentos de mucha rectitud, pero también momentos de más laxitud, y cuando estamos cansados no siempre tenemos ganas de llevar la contraria a nuestros hijos, que a las ocho en punto nos dicen que "venga, un rato más". Además, a nivel de psicología, no es muy adecuado, porque aquello que tendemos a limitar y prohibir suele ser, precisamente, lo que más llama la atención de los niños.

Por esta regla de tres, el tiempo con el móvil o la tablet no debe ser nunca un premio. Muchos padres lo tienen como tal "cuando acabes todos los deberes, podrás jugar a la tablet durante media hora, y si los haces muy bien, una hora". Los deberes, según esa frase, son una obligación aburrida y la tablet la diversión. Y no solo una obligación aburrida, sino que se convierten en el medio para conseguir lo otro. Ya no son para aprender o por la motivación de saber más, sino para conseguir, después, pasar más rato delante de la pantalla.
Sé el ejemplo perfecto: tanto en el tema de los móviles, como en cualquier tema de la vida, los niños aprenden de lo que ven, y moralmente no tenemos ninguna autoridad para decir a nuestros niños que utilizan demasiado el móvil si nosotros lo utilizamos también demasiado. Ya, lo sé, somos los padres y tenemos la autoridad paterna, pero esto durará poco. Si nos ven siempre delante del móvil, tarde o temprano acabarán igual (de mal).
No instaléis más juegos infantiles: sé que dejarles el móvil para que no molesten, se callen y estén controlados es muy cómodo en muchas ocasiones. Es tan cómodo, que cuando vemos que ya no les hace mucha gracia los juegos que tienen, caemos en la trampa de entrar en la tienda de aplicaciones y descargar nuevos juegos y aplicaciones. Lo hacemos para seguir ofreciéndoles ese ocio que tanto les gusta y para que sigan sin molestar, callados y controlados, pero en el fondo es negativo y, como padres, cuestionable a nivel pedagógico.

Estamos diciendo que el ocio debe provenir de otras fuentes y que nuestra relación con ellos debe mejorar, así que no tiene sentido que tengan disponibles una gran cantidad de juegos y que, además, vayamos instalando cada vez más. Si hacemos lo contrario, si no instalamos más, el móvil quedará controlado con el tiempo, porque crecen y se acaban aburriendo de aquello que ya tienen muy visto.
Ofrecedles alternativas: la mayor razón por la que los niños acaban pegados a las pantallas es el aburrimiento, o la falta de estímulos. Es decir, si no hay nada mejor que hacer, pues se tiran al ocio fácil. No tiene sentido limitarles el tiempo o prohibir si cuando se acaba ese tiempo no encuentran nada más divertido que hacer. Por eso, a veces, tenemos que ofrecerles alternativas.

Los niños, por norma general, prefieren siempre pasar tiempo con nosotros, jugar con nosotros, compartir juegos, espacio y diálogo, antes que inmiscuirse en una pantalla. Lo prefieren siempre, a menos que seamos tan aburridos o tan poco comunicativos que nos den por imposibles y, decididamente, acaben por preferir estar solos que en nuestra compañía (esto que acabo de decir es muy, muy duro, pero sucede). Pues eso, busca alternativas, juegos, ofrécete para pasar un rato con ellos, llévatelos a la calle, al parque, a jugar, coge una pelota, lee con ellos un libro. ¿De verdad no se te ocurre nada mejor que dejarles el móvil para que estén tranquilos?

Y con esto acabo: ¿De verdad no se te ocurre nada mejor que hacer con ellos que darles tu móvil para que estén callados y tranquilos y no molesten a los demás? ¿No sería ese un buen momento para hablar de las cosas que habéis hecho hoy, de lo que podríais hacer el fin de semana o un momento en que explicaros historias fantásticas? ¿No sería ese un buen momento para aprovechar y explicar que estáis en un sitio público y que no deben molestar? Eso se llama educar, explicar cómo deben vivir en sociedad, hacerles saber qué es lo correcto y qué no lo es.

¿Darles el móvil? Sí, también funciona. Presionas el "On" del móvil y, a la vez, presionas el "Off" del niño.

EL "TERROR DE LA SITUACIÓN" DEL HOMBRE. (G. I. Gurdjieff).


“Hay miles de cosas que impiden que el hombre despierte y que lo mantienen en poder de sus sueños. Para actuar conscientemente con la intención de despertar, hay que conocer la naturaleza de las fuerzas que retienen al hombre en el sueño...
Ante todo, hay que comprender que el sueño en el cual existe el hombre no es un sueño normal, sino hipnótico. El hombre está hipnotizado, y este estado hipnótico está mantenido y es reformado continuamente en él. Todo se da como si hubieran ciertas "fuerzas" para las cuales sería útil y beneficioso mantener al hombre en un estado hipnótico, con el fin de impedirle que vea la verdad y que se de cuenta de su situación”.


lunes, 2 de marzo de 2015

domingo, 1 de marzo de 2015

El Chantaje afectivo-sexual en la adolescencia y sus consecuencias. ¿Cómo trabajar?


Mediante nuestros "Taller y Charlas sobre Educación Afectivo Sexual para Jóvenes" trabajaremos este y otros temas:



Educación Afectivo Sexual para Jóvenes


Desde aquí tratamos de contactar con centros, organismos y organizaciones que deseen desarrollar estos talleres en sus instalaciones. Dichos talleres tienen varias modalidades:


- Acción directa con Jóvenes de 14 a 30 años: Talleres destinados a la acción directa con la población objetivo.

- Formación de Padres y Madres: Talleres formativos para padres y madres


La duración y destinatarios de los talleres es relativamente flexible, adaptándonos a cada necesidad concreta. A continuación detallamos los contenidos de los talleres:


Objetivo principal del programa


Educar y sensibilizar a adolescentes / jóvenes, para que puedan tener una vivencia sexual saludable y placentera, basada en una comunicación positiva, en la tolerancia y el respeto; y para que puedan disfrutar de una sexualidad responsable, exenta de prácticas de riesgo.

Contenidos


· Sexualidad positiva: conceptos y concepciones

· Estrategias de comunicación: habilidades interpersonales

· Deconstrucción de mitos sexuales

· Tolerancia, respeto y relaciones de igualdad

· Orientación sexual: diversidad sexual

. Género

· Actitudes de responsabilidad en las relaciones sexuales para evitar situaciones de riesgo:

· Métodos anticonceptivos

· Infecciones transmisión sexual

. Educación emocional en la adlolescencia.

. Cómo evitar el chantaje emocional.


Metodología


Formato charla-taller con dinámicas de grupo. Exposición didáctica, desde una perspectiva constructivista, con participación activa de los/las jóvenes.



En el caso de estar interesados o interesadas, rogamos se pongan en contacto con nosotros en la dirección de correo y teléfono indicados más abajo. Agradeciendo el interés, les saluda atentamente:

reche2@yahoo.es

655090215

Migual Ángel Reche, Psicólogo y Formador, experto en educación afectivo-sexual.


sábado, 28 de febrero de 2015

PADRES LIBRES, HIJOS LIBRES: El poder de la palabra






(Artículo de la experta Yvonne Laborda)


Hoy necesito hablar sobre la importancia y el poder que tiene, sobre nuestros hijos y niños en general, el hecho de nombrar los hechos reales y los sentimientos que realmente tenemos dentro.

Muchas veces les decimos cosas a nuestros hijos las cuales están muy distanciadas de su vivencia real y de su realidad emocional. Por poner un ejemplo, imaginemos esta situación: Un niño está aburrido, se siente cansado y tienen hambre. En un momento dado empieza a molestar a sus dos hermanas empujándolas o interrumpiendo su juego. Viene la madre que está en la cocina preparando la cena y dice en voz alta: “Ya está bien Lluís, otra vez, siempre igual… ¿es que no puedes dejar de molestar a tus hermanas ni un solo día…? Tranquilízate o vete a tu cuarto un rato”.

En este caso nadie nombra lo que realmente le pasa a Luis (que está aburrido, que se siente solo, que tienen mucha hambre y que está agotado). Lo que sí decimos es que es un pesado. Y le retiramos nuestra aprobación, presencia y por consiguiente nuestro amor incondicional que en este caso está condicionado por su comportamiento.

Podríamos decir que el amor, aceptación, mirada, presencia… que Lluís recibe de su madre está condicionado por cómo se comporta. El traduce: no sé qué me pasa pero hay algo que no está bien en mí y mi mamá no me quiere ni me acepta cuando me “porto mal”. En este ejemplo lo que se nombra desde la mirada y la vivencia de la mamá no tiene nada que ver con la vivencia emocional de Lluís. La mamá piensa que Luís es un pesado y Luís se siente sólo y rechazado. Nadie le ha puesto palabras a lo que le pasa realmente a Lluís. A Lluís le pasa algo pero eso es nombrado desde la interpretación de su madre. Dichas interpretaciones no reflejan la realidad emocional de nuestros hijos.

Cuando mamá o papá nombra como cierto cómo somos, qué deseamos o incluso qué sentimos puede llegar a afectarnos y condicionarnos el resto de nuestras vidas. O bien solemos ser fieles a lo que se nombró o nos rebelamos contra ello. Los niños pueden llegar a registrar e interiorizar más lo que se nombra que lo que realmente les pasa o sienten. Queda grabado en el inconsciente y luego de adultos nos sale en forma de reacciones emocionales, automáticos. Nadie suele nombrar nuestras carencias o necesidades no satisfechas. No por ello dejan de existir. Hay personas adultas que no podemos nombrar ni tan siquiera lo que nos pasa debido a la falta de conexión con nuestro autentico ser.

Luís empezó a molestar a sus hermanas por qué se sentía mal y ese mal estar le hizo tener esa reacción emocional negativa. Nadie se preocupó de ver o averiguar qué es lo que le pasaba a Luís o qué es lo que le provocaba dicho mal estar. ¿Qué podríamos haber hecho para que el discurso y la realidad de Luís no fueran tan distintos? Quizás podríamos decirle: “Lluís cariño, veo que estás aburrido y quizás te sientas solo ya que tus hermanas están jugando entre ellas y yo estoy en la cocina. ¿Te gustaría venir a ayudarme? La próxima vez que te sientas así puedes venir y pedirme que esté contigo. A tus hermanas no les gusta que las empujes.” De este modo estamos nombrando lo que realmente le pasa y siente. Aún mejor hubiese sido estar presente y ver lo que pasaba para poder atender a Luís antes de que se sintiera tan mal como para hacerles “algo” a sus hermanas. Cuando nuestros hijos no pueden tener nuestra presencia o mirada de una forma natural pueden llegar a provocar que vengamos aunque sea haciendo algo que no “está bien”. Es más importante tener a mamá cerca. Hablarle así sería validar sus sentimientos y aceptarlos. Cuando nos sentimos comprendidos y queridos también podemos empatizar con los demás. Somos los adultos quienes deberíamos darles ese modelo.

Desde el punto de vista del niño que distinta hubiese sido su realidad si su mamá le hubiese hablado así. No se sentiría mal por el rechazo de su madre sino todo el contario. El hecho de nombrar lo que realmente le pasa le puede ayudar a identificar mejor sus sentimientos y en un futuro poder evitar tener esas reacciones emocionales. Que al fin y al cabo sólo son la expresión de su necesidad de amor no satisfecha. Pero para ello necesita de un adulto que sea capaz de conectar con sus propias necesidades no satisfechas y dicho adulto también tienen que ser capaz de saber identificar las suyas propias. En este caso la madre también tuvo una reacción emocional hacia su hijo. En este otro artículo en donde hablé sobre la importancia de mantener o recuperar la conexión emocional con nuestros hijos comenté algunos de los factores que nos imposibilitan dicha conexión.

Para poder nombrar lo que nos ocurre a nosotros, y de este modo liberar a nuestros hijos de lo nuestro y no proyectarlo sobre ellos, es necesario, a veces, romper con alguna de nuestras cadenas del pasado. Me refiero a dejar de repetir algunos de los comportamientos que nuestros padres tuvieron con nosotros. Solemos hacerles a nuestros hijos lo mismo que nos hicieron. Deberíamos preguntarnos: ¿Qué tipo de padres quiero para mis hijos? Muy probablemente a esta madre también le retiraban el amor, la mirada, la aceptación y la presencia cuando no se comportaba cómo sus padres esperaban. Pocos hemos sido respetados, aceptados, comprendidos y queridos por quienes éramos. La mayoría hemos tenido que “ganarnos” el amor, el aprecio, el cariño, la mirada y la aceptación de nuestros padres, abuelos, profesores… Y ese es el modelo que, inconscientemente, vamos dando a nuestros hijos generación tras generación.

Cuando nuestros hijos tienen comportamientos que a nosotros no nos gustan solemos tener reacciones emocionales hacia ellos del mismo modo que Lluís tuvo hacía sus hermanas. Queremos que nuestros hijos dejen de tener dichas reacciones cuando nosotros, como adultos responsables que deberíamos dar ejemplo, no podemos ni sabemos cómo dejar de tenerlas. Les pedimos que sean de un modo que ni nosotros somos capaces de ser. Solemos gritarles, castigarles, criticarles, etiquetarles… cuando nos sentimos frustrados o impotentes por lo que está pasando y sólo vemos el comportamiento del niño y no vemos qué lo causó o cómo se siente, sólo sabemos que estamos molestos y que queremos que pare, se calle o se vaya.

Saber y poder nombrar lo que nos pasa a nosotros por dentro es de vital importancia si queremos y deseamos que ellos también puedan llegar a hacerlo. Cuando nos enfadamos, sea con un niño o un adulto, suele ser porque alguna de nuestras necesidades no está siendo satisfecha y debido a esto nos sentimos de un modo y el modo en que nos sentimos nos hace reaccionar de determinada manera. Si entendemos que cuando nos sentimos mal es cuando, también, actuamos mal podremos ver que si nuestros sentimientos son armoniosos nuestra actitud también lo será. Nadie que se siente feliz, en paz, querido, escuchado, aceptado, valorado… necesita comportarse mal ni tiene reacciones emocionales negativas. Cuando hacemos todo lo posible para que nuestros hijos sean felices y se sientan bien, en vez de sólo querer cambiar su comportamiento, automáticamente nos empezamos a sentir bien nosotros. Y la relación entre ambos mejora y es más amorosa y pacífica. Es que el amor transforma y cambia a las personas. Tanto a quienes lo reciben como a los que lo dan.

En conclusión, si les decimos a nuestros hijos cómo nos sentimos cuando ellos hacen o dicen esto o lo otro y que por favor necesitamos un poco de silencio, orden, tranquilidad, respeto, libertad… entonces les será más fácil poder satisfacer nuestra necesidad. Si por el contario les gritamos o nos enfadamos y les criticamos y reprimimos se sentirán aún peor y su necesidad de ser queridos y aceptados no estará siendo satisfecha y la cadena vuelve a empezar. Se sienten mal y desconectados de sus padres por tanto más difícil lo tienen para sentirse bien y actuar armoniosamente. No obstante, para que nosotros podamos nombrar lo que nos pasa tenemos que estar conectados con nuestras emociones y luego con nuestras necesidades no satisfechas. Si nosotros podemos darles este modelo ellos podrán luego expresar las suyas.

El hecho de poder nombrar lo que realmente sentimos y nos pasa a nosotros es muy liberador desde el punto de vista del niño ya que le despojamos y le liberamos de lo que es nuestro y dejamos de culparle por lo que sentimos nosotros. Además de liberarle de la necesidad (inconsciente) de seguir haciéndolo en un futuro con sus hijos.

Ellos no provocan, en realidad, nuestro enfado. Simplemente son el detonante, y no la causa en sí, que hace que conectemos con nuestras necesidades no satisfechas. Yo he llegado a hablarles a nuestros hijos de mi propia infancia en algún momento puntual debido a alguna reacción que he tenido. Es muy importante que sepan que cuando no nos comportamos respetuosamente con ellos es porque en ese momento no somos capaces o no sabemos hacerlo de otro modo mejor. Simplemente hemos perdido el control.

A muchos de nosotros en nuestra infancia nos han pegado, gritado, amenazado, criticado, juzgado y castigado. Al ser ese el modelo que recibimos muchos no sabemos hacerlo de otro modo. Cuando alguno de nuestros hijos despierta ese enfado, esa frustración, esa impotencia, ese miedo, esa rabia… reprimidos en nuestro interior es cuando sin pensarlo podemos llegar a repetir ese viejo patrón. Simplemente nos sale el automático. Nombrar eso que nos está pasando ayuda mucho y nos libera tanto a nosotros como a nuestros hijos.

Por ejemplo: “En este momento, hijo mío, no sé qué me está pasando pero es como si un volcán estuviera en mi interior y creo que voy a explotar. Voy un momento al balcón, al lavabo, a la habitación antes de que haga o diga algo que no quiero. En seguida vuelvo, te quiero”. Esta actitud no sólo nos ayuda a ambos a comprendernos y aceptarnos más sino que les damos las herramientas necesarias para que ellos también puedan gestionar mejor sus emociones y enfados. Les hacemos de modelo. No obstante, quizás no siempre podremos actuar de dicha manera…

Que sanador es un: “Cariño, perdona por haberte gritado pero es que he perdido el control. Necesitaba tranquilidad y silencio y no he sabido hacerlo mejor, te quiero”. Que distinto hubiese sido para muchos de nosotros haber oído esas palabras cada vez que nuestros padres perdían el control, ¿verdad? La verdad es que culpamos a nuestros hijos por lo que nosotros no sabemos controlar. Necesitamos que primero ellos se controlen para luego nosotros recuperar el nuestro. Y yo me pregunto: ¿No debería ser precisamente al revés? Que fuéramos los adultos que les mostrásemos como poder mantener la paz interior y saber gestionar los conflictos sin necesidad de perder el control. Podemos romper esas cadenas y empezar a hacerlo de otro modo. Nombrando y poniendo palabras a lo que nos pasa puede ser un primer gran paso.



Solemos decir con mucha facilidad: “Es que está celoso, es que es un terremoto, no para quieto ni durmiendo, es un pesado, un caprichoso…” Lo que no vemos ni percibimos es que quizás no esté para nada celoso. Simplemente necesita más mamá y la mamá está ocupada con el nuevo bebé pero nadie le está poniendo palabras a lo que realmente siente el niño.

Muchas veces nombramos la palabra celos y la realidad del niño es otra muy distinta: carencia de mamá. No son celos del bebé en sí mismo sino la falta de mamá que le hace sentirse triste y solo. Sería muy liberador oír: “te gustaría estar más con mamá, ¿verdad? Desde que llegó tu hermanita pasamos menos ratos juntos. Como lo siento. Ahora, cuando se duerma me pongo a hacer algo contigo. ¿Qué te gustaría hacer?” Quizás tampoco sea un terremoto, y lo único que necesita es correr y más ejercicio físico y más aire libre. Al no poder satisfacer su necesidad motriz se mueve todo el día en todas partes. Pero nadie ve eso ni lo nombra. Tampoco es que sea un pesado, simplemente está aburrido y no sabe cómo canalizar ese mal estar en su joven cuerpo y desgraciadamente se siente solo en dicha circunstancia ya que nadie sabe nombrarlo ni ayudarle. Quizás no sea un capricho el hecho de que quiera o prefiera comer esto a aquello. Hay veces que el cuerpo nos pide más de esto y menos de aquello.

Lo que solemos hacer es interpretar lo que le sucede al niño y se nos olvida que su vivencia puede, a veces, estar muy alejada de dicha interpretación. Les decimos que se pongan la chaqueta porque hace frío cuando ellos en realidad no lo sienten así. Somos nosotras las que estamos sentadas en el banco quietas mirándoles mientras sentimos frío pero ellos están corriendo y jugando. Les negamos incluso lo que su propio cuerpo está sintiendo. Incluso los profesores, los médicos, los pediatras y los abuelos interpretan erróneamente lo que le pasa al niño o lo que el niño está sintiendo.

Nombrar lo que les ocurre a los niños es darles voz. Cuando les damos voz les estamos queriendo, aceptando y respetando tal y como son ahora. Esta aceptación y amor incondicional es lo que les da la seguridad psicológica, la autoestima, el valor y poder para llegar a ser quienes han venido a ser y no quienes nosotros queremos que sean. Es muy difícil poder darles voz cuando nosotros tuvimos tan poca siendo niños. Pero eso se nos ha olvidado intelectualmente hablando. No obstante, nuestro cuerpo emocional si lo recuerda y nos sale en forma de reacciones automáticas inconscientes. Descargamos sobre nuestros hijos todo aquello que no pudimos descargar sobre aquellos adultos siendo niños.

Los niños por si solos no siempre pueden decirnos lo que les pasa, por tanto, lo manifiestan en su actitud. Ya hemos comentado que cuando se sienten mal se portan “mal” y cuando se sienten felices y en paz su actitud también lo refleja. Que maravilloso sería poder hacerles sentir bien la mayor parte del tiempo. Hay niños que pueden llegar a enfermar como consecuencia emocional. Ya sabemos que también hay un origen emocional en muchas enfermedades. No nos damos cuenta de que, a veces, sólo pensamos en nuestro bienestar y se nos olvida el del niño. A un nivel inconsciente es como que nuestro niño interior no lo tuvo y ahora de adultos lo anhelamos.

Una vez entendemos mejor parte de nuestro pasado podremos vivir un presente más consciente y de este modo poder llegar a cambiar el futuro. No olvidemos que nuestros hijos serán los padres de nuestros nietos. Mi gran deseo es que en esta generación de padres podamos romper de una vez por todas con todos estos patrones y rompamos la cadena para poder liberar a todos los niños del futuro. ¿Nos queremos sumar al cambio? Entonces, empecemos a responsabilizarnos de lo que sentimos y hacemos y dejemos de interpretar y juzgar tanto a los demás.

Os ánimo a todos y a todas a empezar a ponerle nombre a lo que sentís y a lo que vuestros hijos sienten para llegar a comprenderos, respetaros, aceptaros y quereros más y mejor.

Me siento feliz en este preciso momento por haber tenido la oportunidad de compartir estas reflexiones aquí y ahora. Gracias por leerme.
Yvonne Laborda
Mi web: www.yvonnelaborda.com
Nuestro blog: APRENDIENDO TODOS DE TODO.





Madre de dos niñas y un niño. Terapeuta Gestáltica. Actualmente lleva más de 15 años estudiando e investigando sobre el comportamiento humano: La influencia de nuestra infancia y el por qué somos como somos y actuamos como actuamos… Escribe e imparte talleres y charlas sobre aprendizaje autónomo, crianza con conciencia y crecimiento personal.

Educa a sus 3 hijos sin escuela y defiende el aprendizaje autónomo (UNSCHOOLING). Tiene un blog: “Aprendiendo todos de todo” que sirve de referente a las familias interesadas en estos temas. También tiene una web profesional: “yvonnelaborda.com” en donde ofrece sus servicios como terapeuta familiar, personal, de pareja, infantil… Ejerció de profesora durante 15 años antes de ser madre.